
Demetrio
A Demetrio se le caen los párpados, pero no es sueño: es que vive a otra velocidad. Es el dueño de los cinco minutos, esos que aparecen de la nada cuando alguien ya no da más. Cuando ve a una persona corriendo el día entero, con la cabeza adelantada al cuerpo, clava su cetro en la tierra y la amatista hace su trabajo callado: el ómnibus se atrasa justo, la visita avisa que no llega, la lluvia espera a que entres. Nadie nota nada raro. Solo aparece un hueco chiquito en el día, un ratito que no estaba, y la persona respira hondo sin saber a quién agradecerle. Demetrio mira desde lejos, acomodándose el chaleco peludo, y sigue su ronda lenta. El tiempo no se estira para cualquiera: alguien tiene que pedírselo de buena manera.