
Saturnino
A Saturnino nunca nadie lo vio sonreír, y mejor así, porque su cara de pocos amigos es parte del oficio. Su cetro con amatista no hace magia de la suave: marca límites. Donde él lo clava en la tierra, lo que hace daño no pasa, así de simple, y no hay discusión posible con ese ceño. Se planta cerca de la gente que todavía no aprendió a decir que no, los que prestan, aguantan y cargan con lo de todos, y dice que no por ellos, con un golpe seco del cetro contra el piso. La amatista brilla apenas, una vez, y algo invisible da media vuelta y se va. Después Saturnino se acomoda el gorro, refunfuña algo que nadie entiende, y se queda haciendo guardia. Que tenga mal humor no significa que no te quiera: hay cariños que trabajan de portero.